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Montse
mujico.org
Montse@mujico.orgJoined: 2024-01-06 |
Lo conocí en 2003. Nunca me miró a los ojos. Era un anciano huesudo, con dedos largos como garfios secos y una voz rasposa que parecía salir de un pozo. Su local en el Mercado de Sonora olía a copal, a sangre seca, a tierra revuelta. Veladoras negras, santos sin rostro, un cráneo humano sobre una mesa cubierta con tela roja. Vendía amuletos, limpias, protecciones, yerbas para el susto… Pero entre susurros, la gente hablaba de otra cosa. Un servicio secreto. Prohibido. Letal. Primero pensé que era el folclore popular. Un mito más entre tantos. Cada caso parecía aislado. Sin conexión entre ellos. Pero todos tenían algo extraño. Algo… torcido. Ernesto Luján — Empresario constructor Silvia Galván — Locutora Rodrigo Montes — Regidor Mariana Peñaloza — Empresaria Sergio Román — Ex policía Era como si la muerte caminara por la ciudad obedeciendo sus rezos. Nadie veía armas, ni sicarios, ni amenazas. Solo el humo de su local. Las oraciones murmuradas. Y los cuerpos caídos. Algunos colegas empezaron a creer de verdad que era un brujo. Así que lo empezamos a vigilar. Durante meses, rastreamos sus movimientos. Iba a los panteones a buscar tierra de tumbas recientes. Visitaba rastros y compraba animales vivos. Tenía una red de clientela de políticos, empresarios, actores… gente que podía pagar lo que fuera con tal de que alguien “desapareciera”. Pero cada vez que investigábamos, no encontrábamos nada concreto. Nada. El viejo estaba limpio. Hasta que un día notamos algo raro. Tenía un coche viejo, un Spirit gris. Pensábamos que lo usaba él, pero muchas veces el coche se movía sin que él estuviera cerca. Empezamos a seguir el coche. Fue entonces cuando lo vimos. Era otro hombre. Más joven. Más frío. Ropa común, rostro anodino, sin expresión. No sabíamos su nombre aún, pero lo apodamos el repartidor. Lo seguimos durante semanas. Y una noche, lo atrapamos dejando una libreta negra en una taquería. No lo hizo por torpeza. Lo hizo porque alguien lo esperaba. Fue cuestión de días. Un operativo limpio. Coordinado. Lo atrapamos saliendo de un motel con una mochila llena de jeringas, pinzas, cuchillas quirúrgicas, y un frasco de veneno. Todo estéril. Todo sin huellas. Su nombre era Aarón Santana. Y era el asesino más preciso que habíamos visto en nuestras carreras. Silencioso. Invisible. Perfecto. Cuando arrestamos a Don Melquiades, ya nos esperaba. Estaba rodeado de veladoras encendidas, murmurando algo que nunca supimos si era un rezo… o una advertencia. No opuso resistencia. Solo dijo:
Nunca confesó. Tampoco lo necesitábamos. La libreta, los movimientos bancarios, los rastros de sus clientes, todo apuntaba a su complicidad. Los encerraron juntos. Nunca hablaron. Nunca cruzaron miradas. Y sin embargo, hasta el día de hoy, cada primero de noviembre, alguien deja una veladora negra afuera del penal. Sin nombre. Sin oración. A veces, cuando paso por ahí, la veo encendida. Y no sé si me da más miedo que esté... o que no se apague con el viento.
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