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Montse
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Montse@mujico.orgJoined: 2024-01-06 |
El Linaje de SangreDurante siglos, el clan Tanaka fue temido en todo Japón. Pero uno de sus descendientes, Takashi Tanaka, renegó de todo aquello. No quería vivir en la oscuridad ni matar por honor. Él soñaba con cálculos estructurales y concreto armado. El Despertar en MéxicoTodo cambió cuando viajó a México en un semestre de intercambio cultural. Al principio se sorprendió: pensaba que encontraría gente montada en burros, sombreros gigantes y guitarras en cada esquina. Pero en lugar de caricaturas encontró una ciudad moderna, caótica y viva. El menú fue un golpe directo al alma de sus ancestros:
Todos acompañados con su bolillo reglamentario. Takashi sintió que algo se rompía dentro de él. Sus manos temblaban, el sudor le escurría por la frente. Voces antiguas resonaron en su cabeza: “la profanación debe pagarse con sangre”. El Taller Secreto de NakamuraAturdido, Takashi caminó sin rumbo hasta llegar a un local humilde: “Electrónicos Nakamura: Reparación y Garantía”. Dentro, un anciano reparaba un televisor viejo. Takashi levantó la manga de su camisa y mostró la marca de su clan: un dragón rodeado de kanjis, tatuado en su piel. El viejo soltó el cautín al suelo, palideció y murmuró: Con un gesto solemne, bajó la cortina metálica del negocio con un estruendo que heló el aire. Con voz grave, dijo: Lo condujo por un pasillo hasta una trampilla oculta. Descendieron a un sótano secreto, donde Takashi quedó sin palabras: Nakamura lo miró a los ojos: Takashi, con las manos temblorosas, tomó la katana de su familia. El filo brilló con un resplandor frío. El anciano lo miró con solemnidad y dijo: Takashi frunció el ceño: Nakamura soltó una risa seca, cargada de cansancio: Ese día nació de nuevo: El Chino, último ninja de su linaje, y comenzó su warpath. Las Tradiciones del ClanLos Tanaka enseñaban que un asesinato no era simple muerte, sino un acto ritual. Takashi recordó esas enseñanzas susurradas por su abuelo antes de morir. El Camino SangrientoAntes de desatar su furia, El Chino dedicó semanas a observar en silencio. El Chef del Sushi al PastorTakashi lo esperó en su propia casa. Desde el techo bajó en silencio y le colocó un alambre de acero al cuello. Entonces, acercó sus labios a su oído y susurró con frialdad burlona: Los tacos se sirvieron esa noche... con carne humana. La Doña del Sushi con ValentinaLa sorprendió en la madrugada, mientras limpiaba su cocina. El Chino se inclinó hacia ella, aspiró el vapor picante y murmuró: Después, la sumergió lentamente. Los gritos se fundieron con las burbujas hasta extinguirse en silencio. El Inventor del Sushi en Cono de HeladoLo cazó en el estacionamiento tras una transmisión en vivo. Takashi tomó un cono relleno de arroz y alga, lo empujó dentro de su garganta ensangrentada y, mientras el hombre se asfixiaba, susurró: Le llenó la boca de más conos hasta que se ahogó entre vómito, sangre y nieve. El Influencer del Sushi con NutellaEn pleno evento gourmet, Takashi surgió entre las sombras. Antes de soltarlo, murmuró suavemente al oído: En la transmisión en vivo se veía su sonrisa congelada, hasta que el chocolate y las vísceras mancharon la mesa de postres. La Revelación FinalEl Chino había purgado el mal de la ciudad. El semestre de intercambio apenas y le alcanzó, pero aun así sacó 10: después de todo, para los mexicanos —y para los maestros de cálculo— todos los chinos son buenos para las matemáticas. Regresó al taller de Nakamura y dejó su katana sobre el mostrador. El acero manchado de rojo descansaba como si estuviera satisfecho: tras siglos de silencio, había vuelto a probar sangre. Takashi suspiró con alivio. Nakamura lo miró en silencio, como si supiera que no era cierto. Entonces, de pronto, una pantalla encendida en el rincón del taller atrajo su atención. Una transmisión en vivo desde un festival culinario en Kioto. Y allí, frente a sus ojos, Takashi vio algo peor que cualquier aberración que hubiera presenciado en México:
El público japonés aplaudía extasiado. Takashi se quedó petrificado. Sentía que el aire le faltaba. El sudor comenzó a recorrerle la frente, igual que aquella primera noche en el restaurante de “sushi fusión”. —Takashi... —lo llamó Nakamura, intentando sacarlo de su trance—. Takashi... Pero él ya no era Takashi. Con un movimiento brusco, volvió a tomar la katana. Su voz retumbó en la penumbra: —Takashi murió en México. Yo soy... El Chino. Y sin mirar atrás, salió del taller hacia la oscuridad de la noche. Nakamura quedó solo. Exhausto, se dejó caer en su asiento. Al hacerlo, la manga de su camisa se deslizó y reveló lo imposible: en su piel, oculto durante décadas, ardía el mismo tatuaje ancestral del clan Tanaka. Con una sonrisa amarga, murmuró para sí mismo: |
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